Guadalaviar, un tesoro de la Sierra de Albarracín

Bienvenidos a Guadalaviar o Gualaviar —cómo dicen por aquí para acortar— un pequeño pueblo turolense, en la Sierra de Albarracín, en pleno corazón de los Montes Universales, a más de 1500 metros de altitud.

La famosa ciudad, la de Albarracín, no pilla lejos y mucho vale la pena acercarse. Hay tanta Sierra y tanto monte por descubrir… Ya en el camino, dirección al pueblo, entre Tramacastilla y el Villar, hay unos barrancos bonitos de verdad, es tan solo el preludio de lo que os aguarda en este enclave, en Guadalaviar.

El municipio es frío y seco, de los más fríos y altos de España, pero tremendamente suave y agradable en las frescas noches de verano, en las que uno puede dormir hasta con manta. Aquí es el calor de su gente quien funde cualquier resquicio de nieve o helada.
Turolenses, serranos, guadalareños, o también llamados chichorreros —por su gran afición a las carnes— son gente amable y abierta, hospitalaria dónde las haya. Ya sea por su proximidad a otras provincias y comarcas, a gentes diferentes, o porque durante años han recorrido miles de kilómetros a pie, junto a la familia y al ganado, en busca del calor y el alimento en tierras andaluzas, son ellos los últimos trashumantes. Sea por lo que fuere, aquí a uno lo arropan, y se siente como en casa.

Y es que este pueblo es como una gran familia, una de 250. Pocos más de 100 en invierno, más de 500 en verano. Y aunque no sean multitud, cada cual vive en su barrio: el de arriba, que son los barrios Altos, el de la iglesia, que es el Centro, en el Vallejo, cruzando el río, y el barrio de Oro, subiendo desde el TeleClub, por dónde muchos piensan que se va a Cuenca. Total, cuatro barrios para cuatro gatos, y aunque aparentemente “dispersos” muchos comparten apellidos. En esta gran familia, todos tienen en el algún primo, ya sea primero, o segundo o tal vez un poco más lejano.

El enclave no podía más idílico. Miles de pinos dibujan el paisaje, pinos albares y silvestres. Roca blanca, caliza, de otro mundo, como en Peñas Altas. Un blanco que se tiñe de verde intenso, verde árbol, verde pino. La madera de sus bosques tan rica antaño, ahora ya no es más que alimento para la lumbre y el protagonista del decorado.

Ya sea por la Dehesa, o en la Muela, por las Hoces, o por la Vega no hay mayor placer que pasear y perderse un poco o un mucho por estas tierras y sentir la belleza de la naturaleza.

Aquí uno puede escuchar el silencio y refrescarse en una y mil fuentes. Fuentes, gamellones y colmenas y hasta dos nacimientos, el del río Blanco y el del Tajo, en la Vega. En el del Guadalaviar, un Jesús Cristo en piedra nos espera, y varios dinosaurios decoran también el lugar. Torrucos, paideras, refugios en mitad del campo, nos acompañaran a nuestro paso.

En el Portillo, en su loma, además de bellas vistas y aire puro, podremos hacer un viaje al pasado. Vestigios de la guerra civil siguen allí, detenidos en el tiempo, esperando a ser visitados.

El arte se palpa en las calles de Guadalaviar. Murales pintados y hechos en barro. En el bar, en las escuelas, en la casa de los maestros. Paseando también descubriremos el infinito y hasta una cápsula del tiempo.

En Guadalaviar el paisaje está muy vivo. Estos montes comparten tiempo y espacio, entre el hombre y el ganado, y claro está, con sus residentes habituales: los corzos, los gamos, los ciervos y tantos otros animales.

La gastronomía, es punto y aparte. Los gaspachos, las migas, las viandas escabechadas o a la pastora, son algunas de las delicias serranas que podremos degustar. Todo bien aderezado con vinos y licores, a fuego lento y en buena compañía.

El invierno en Guadalaviar es sobrio y bello, y viste de un blanco implacable. Si cae mucha nieve podremos disfrutarla plenamente en la Muela. Las horas son más dulces si son compartidas al lado de la lumbre, en el bar del pueblo, hablando de todo y de la nada, jugando a la morra o al guiñote. La tranquilidad y la paz que se respira en invierno, es difícil de explicar.

Con la primavera vuelve el color y el bosque se llena de vida y con ella las mariposas, las apolo, las isabelinas, tantas otras muchas… pero aquí la primavera viene más bien tarde, entre mayo y junio, y a este tiempo, o un poco antes, entre abril y mayo, ya amanecen las primeras setas, las de primavera. Sanjuaneras, perretxikos, colmenillas y las tardías carderas. El solitario monte se llena de seteros.

El treinta de abril cumplido, se celebran aquí los mayos, bella tradición que en pocos lugares serranos sigue viva. Y al tiempo, los trashumantes van volviendo al pueblo.

En verano, vuelve el calor, y con él la fiesta. Las patronales empiezan el 24 de julio y hasta cinco días duran. La gente se multiplica. Ya llegaron todos los trashumantes, familiares, parientes y amigos se dan cita en el pueblo, en Guadalaviar, que se llena de vida y de alegría.

Y el otoño, ¡ay!, el otoño es bonito a rabiar. Los colores y los olores del bosque encandilan al más profano. De nuevo tiempo de setas, pero ahora ya otras, las de otoño. Los preciados porros y los revollones, espectáculos como la berrea pronto van a empezar, y ya más tarde las cacerías, y vuelta a empezar.

Bienvenidos al pueblo, bienvenidos a Guadalaviar.

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